jueves, 28 de julio de 2011

La ansiedad y el ritmo de vida actual.


La ansiedad es una respuesta automática universal que se produce en nuestro cerebro más primitivo al reconocer la existencia de un peligro inminente y cuya función es la de movilizarnos para abordar una situación amenazante o preocupante con el fin de evitar el riesgo, neutralizarlo, asumirlo o afrontarlo adecuadamente. Los síntomas de ansiedad más comunes son la taquicardia, sensaciones de ahogo, temblores, traspiración, rigidez muscular, sensación de desmayo. Bajo condiciones normales, la ansiedad mejora el rendimiento y la adaptación al medio social, laboral, o académico. Por ejemplo, nos ayuda a estudiar si estamos próximos a un examen, estar alertas y más preparados ante una entrevista de trabajo, huir ante un incendio, etc. Sin embargo, cuando sobrepasa determinados límites, la ansiedad puede convertirse en un trastorno de ansiedad que interfiere en las actividades sociales, laborales o intelectuales.  


Para superar el estrés que provoca el ritmo actual de vida es necesario realizar un cambio de hábitos y trabajar con los recursos y habilidades de la persona para manejar los pensamientos que la llevan a sentirse desbordada y ansiosa ante dicha situación.
Lo que llamamos pensamientos, incluye todas aquellas creencias o normas que aprendemos a lo largo de nuestra vida y que forman en su conjunto una imagen mental de la perfección. Esas creencias a veces son muy rígidas y nos impiden adaptarnos a los cambios de la vida, generando problemas psicológicos que son el resultado de esa mala adaptación. Si la persona aprende cuales de esas creencias (nunca son todas) la están perjudicando y por qué, se puede buscar modos alternativos de ver las cosas y de enfrentarse a ellas; recordemos que "Las cosas no son las que nos afectan, sino la forma en que las interpretamos". Epicteto. Por ejemplo, se puede aprender que no necesariamente tenemos que ser perfectos, sino hacer siempre lo máximo que podamos. 


 http://cortianalia.com.ar/la-ansiedad-y-el-ritmo-de-vida-actual/

miércoles, 27 de julio de 2011

Stress, el motivo de consulta más frecuente.

Hoy en día, los motivos de consulta más frecuentes que podemos ver en el consultorio están relacionados con el estrés que provoca el ritmo acelerado de vida y que en ocasiones nos conduce a sentirnos muy ansiosos, tristes e irascibles. En general, se registran moderados desajustes emocionales que, sin llegar a ser graves, provocan malestar e impiden gozar de una calidad de vida satisfactoria. Entre ellos podemos encontrar, trastorno de pánico, trastorno de ansiedad generalizada, depresión, problemas en el área de pareja (dificultades en la comunicación, dificultades en la convivencia, angustia por separación, celos, infidelidades, dificultades en la crianza de los hijos por divorcio), problemas en el área laboral, insatisfacción personal, entre otros.
En el mundo actual se impone la rapidez e impaciencia; basta ver a nuestro alrededor cientos de casos donde la espera se hace casi insoportable. Todo pareciera ser “perdida de tiempo”: situaciones como la de esperar veinte segundos un ascensor, hacer una cola de cinco minutos para que nos entreguen un pedido, esperar diez minutos en una esquina para una cita, entre otras, se fueron transformando a lo largo del tiempo en algo difícil de tolerar de manera apacible.
En la actualidad, dedicamos casi la totalidad de nuestro tiempo al trabajo y al estudio y apenas si nos queda algún momento en la semana para realizar alguna actividad de ocio o detenernos a hablar con la pareja, visitar a los amigos y a la familia. Producto de esta situación se observa un deterioro en la comunicación y un gradual distanciamiento que impacta negativamente en las relaciones.
Este escenario desbordado de tareas, exigencias, presiones y reclamos, donde todo tiene que hacerse rápido y bien y no hay tiempo para detenerse, se ha convertido en un factor generador de estrés, agotamiento, ansiedad, depresión y frustración por todas aquellas expectativas no alcanzadas.
Es importantísimo resaltar que un factor no es más que eso y que para que todo este escenario provoque malestar, síntomas o enfermedades se necesita además de la interpretación que hace la persona de la situación, ya que los hechos por sí solos no provocan malestar. Esto explica por que las personas tenemos diferentes reacciones ante un mismo acontecimiento; es lo que pensamos acerca de ello lo que nos va a llevar a tener una emoción saludable o a experimentar ansiedad, depresión o cualquier otra enfermedad.

 http://cortianalia.com.ar/stress-el-motivo-de-consulta-mas-frecuente/

martes, 26 de julio de 2011

Psicoterapia: Mitos, prejuicios y algo màs…

Frecuentemente vemos cómo ciertos mitos y prejuicios sobre la psicología y los psicólogos demoran la decisión de acudir a una consulta o incluso pueden llevar a la persona a acostumbrarse al malestar y no pedir ayuda profesional hasta que se llega a un punto crucial donde vemos afectados varios aspectos y àreas de la vida de la persona.
Otras veces, se concurre a la consulta con ciertos temores y expectativas que no se adaptan del todo a la realidad, perjudicando el proceso terapéutico y la motivación de la persona para alcanzar un cambio.

Algunos prejuicios y distorsiones de la práctica psicoterapéutica son:

• “Yo no estoy loco, no necesito un psicólogo”

Esta construcción social acerca de la combinación locura-psicólogo está basada en el desconocimiento de la práctica psicoterapéutica y el miedo a ser socialmente etiquetado com tal. Justamente, aquellas personas a las que la sociedad llama “locos”, son las que menos solicitan ayuda terapéutica voluntariamente. En cambio, los que sí acuden a una terapia, son personas que en determinado momento de su vida sienten un malestar que los lleva a consultar a un profesional para resolver ciertos problemas en determinada etapa de su vida.
Aunque en ciertos sectores sociales este prejuicio aún perdura, afortunadamente está bastante superado gracias a que hay un mayor conocimiento del trabajo que realizamos los psicólogos.

• “Yo puedo resolverlo solo”

Otra de las trabas está dada por nuestra dificultad de reconocer que a veces no podemos solos con determinada situación. Según este prejuicio, ir a un psicólogo significaría reconocerse débil e incapaz para resolver las dificultades que nos presenta la vida. Lo cierto es que, la omnipotencia que poseemos al no reconocer nuestras falencias muchas veces nos producen más frustación y malestar, creando un círculo vicioso del que nos costará aún más salir. De lo contrario, si nos permitimos reconocer nuestras habilidades y dificultades en un proceso terapéutico, podremos obtener herramientas y un aprendizaje que nos permitirá hacer frente a las dificultades en un futuro.

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“Dime que expectativas tienes sobre tu pareja y te diré cómo es tu convivencia”

Algunas observaciones acerca de las expectativas irreales sobre la pareja y la frustración que esto genera en la convivencia. 

Todos tenemos ciertos mitos y creencias acerca de qué es y que no es una pareja, que se espera de la convivencia, que esperar del otro y de uno mismo; son ideas que se fueron forjando a lo largo de nuestra historia desde que éramos pequeños al ver la relación de pareja que tenían nuestros propios padres y otros adultos. En ese momento nos tocaba mirar y escuchar, a modo de un expectador en una obra de teatro. Cuando decidimos convivir, de repente pasamos a protagonizar la obra y nos damos cuenta de que tenemos en nuestras manos un guión escrito por otros, que muchas veces no coincide con la realidad de la relación ni con el contexto socio cultural en el cual se enmarca la misma, dado que somos otra generación. Y no sólo nos damos cuenta de que nuestro guión ya estaba escrito, sino que el de nuestro compañero también. En ese momento se abre el telón y comienza la función!. Los protagonistas comienzan a interpretar sus papeles y no pasa mucho tiempo hasta que se dan cuenta que cada uno tiene una versión diferente de la misma obra y que para llevarla a cabo es imprescindible ponerse de acuerdo en tomar sólo una versión o escribir juntos un nuevo guión quizás tomando algunos fragmentos de ambas versiones. Aquí es donde comienza el nudo de la obra, de la “verdadera obra”, el director grita corten!  y ambos se sientan a un costado para hacer arreglos y negociar esas “versiones y creencias acerca de la relación” diferentes que cada uno tiene en sus manos. Cuando esas diferencias no son tan marcadas, puede ser más fácil consensuar o negociar las vicisitudes de lo cotidiano; por el contrario, cuando las diferencias entre uno y otro son acentuadas o incluso antagónicas, puede ocasionar mayores dificultades si no se está abierto a aceptar otra visión diferente sin que eso conlleve demasiada angustia. A su vez, y a medida que avanzan en las negociaciones, se dan cuenta que no sólo las versiones son diferentes por venir de familias diferentes sino que hay diferencias cruciales marcadas por el género de lo masculino y lo femenino. La versión femenina incluye a un principe azul y una princesa entre sus personajes principales con un despliegue de romanticismo inigualable, donde la princesa para ser feliz depende de la mirada y la valoración de él, de lo contrario, se deprimirá. Además, el príncipe tiene que conectarse con ella de la forma exacta en que ella espera, compartiendo siempre y en todo momento sus pensamientos íntimos. La versión masculina, por el contrario la interpreta un personaje robusto de lucha, orientado a la acción y la independencia, que trata de no involucrarse en sentimentalismos como revelar emociones, mostrar miedo o compasión.   


Cuando empiezan a cruzar estos libretos se dan cuenta que el personaje masculino y el femenino no son tan compatibles como pensaban; él tiene pocas habilidades para  identificar y procesar sentimientos y ella, serios inconvenientes para valorarse por sí misma dentro de la relación, lo que la lleva a demandarle cada vez más atención y expresión de sentimientos coartando su independencia muchas veces y alejándolo cada vez más.
En lo cotidiano podemos ver cómo muchas parejas que no están precisamente cercanos a la separación,  logran transformar situaciones cotidianas en verdaderos problemas de pareja cuando forjan expectativas irreales respecto al gran número de necesidades que su compañero debería satisfacerle; entonces comienzan a demandar de una manera irracional y exigente provocando muchas frustraciones y generando mucha hostilidad, rencor e irritabilidad en la relación. Como pensamos es como sentimos, y si yo pienso con frecuencia en todo lo que mi compañero/a no me da y “debería darme”,  probablemente me sienta deprimida, irascible o ansiosa y arremeta contra mi pareja con criticas, reproches y reclamos insistentes acerca de todo lo que “debería” darme y no me da o lo que “debería” ser y no es.

Vamos a mencionar algunas de las creencias distorsionadas que pueden generar expectativas y demandas irreales sobre la relación de pareja:

  • “Mi pareja me tiene que dar todo el afecto que necesito, en el momento en que lo necesito y de forma espontánea”
  • “Mi pareja debería atender a cada una de mis necesidades y pedidos, sin  que ello signifique ningún esfuerzo”.
  • “Si me amara, se daría cuenta de todo lo que pienso y siento sin que yo le mencione nada”
  • “Si me amara me daría todos los gustos y haría todo lo posible para que sea feliz.
  • “Mi pareja nunca debería enojarse conmigo”.
  • “Si mi pareja me amara, debería tener ganas de estar siempre juntos”.
  • “Mi pareja debería ser siempre honesta, abierta y directa conmigo”.
  • “Mi pareja debería estar siempre de acuerdo en todo”
  • “Si no me gusta como es, lo/a puedo cambiar”
  • “Mi pareja debería escucharme cada vez que yo necesite hablar o este de mal humor”.
  • “Mi pareja debería estar siempre dispuesto a resolver los conflictos, en el momento en que yo quiera hacerlo”.
  • “Mi pareja debería ser incondicional en todo momento”.

    Todos estos ejemplos tienen la particularidad de estar formulados no desde el deseo, que es saludable, sino desde la demanda. La demanda se diferencia del deseo en que  es exigente e implica que lo que yo quiero se tiene que dar siempre y en todo momento, y si eso no sucede se terribiliza la situación y hasta se puede llegar a pensar en una posible separación, por sostener erróneamente y de forma irrealista que el otro debe siempre comportarse como yo quiero. El significado que se le da comúnmente a estas creencias distorsionadas, está asociado a que “Si el otro no se comporta como yo quiero, entonces eso significa que no me ama, no me valora o no me respeta” cuando, en realidad, no necesariamente tenemos que explicarlo siempre desde este lugar, no es la única explicación posible. No es realista pensar que el otro debe ser como yo espero, y menos pensar que si eso no sucede es porque no me quiere. La realidad es que el otro no le “debe” nada a nadie y su conducta puede responderse desde otro lugar que no sea sólo desde el desamor.
    Darse cuenta de la influencia que tienen estas creencias distorsionadas y expectativas irreales en la vida de pareja es muy importante, dado que pueden generar mucha inestabilidad y llegar a deteriorar considerablemente una relación; de hecho, es una de las principales causas de conflictos en la convivencia en pareja dado que ambos integrantes demandan que el otro debe ser “siempre” y “absolutamente” amable, sensible, dulce e incondicional. El problema es “demandar y creer que es terrible si eso no sucede. Si uno fuera realista no demandaría que el otro se comportara “siempre” de la manera en que deseamos. Desear que el otro se comporte de tal manera no es insano y si no sucede a lo sumo nos sentiremos un poco tristes o apenados pero, el problema es cuando al deseo lo transformamos en una demanda absolutista de que “tiene que serlo sí o sí y siempre”, y la emoción resultante ya no es tan saludable, dado que pasamos de la pena a la depresión, la ira o la ansiedad.



    ¿Qué podemos hacer?
    ·         Reflexionar acerca de lo que nosotros mismos le damos a nuestra pareja, como le  pedimos las cosas, sin esperar que sea siempre el otro el que tiene que entendernos, ayudarnos y ceder ante nuestras demandas afectivas.
    ·         Tener en cuenta cómo esta mi pareja en el momento en que yo le reclamo ayuda, presencia o cariño; no esperar a que renuncie a su vida personal y me coloque en el centro de su existencia; el momento de la interacción no necesariamente tiene que coincidir siempre con mi ahora.
    ·         Responsabilizarme de mis frustraciones personales, sin esperar que el otro le de sentido a mi existencia. Hacerse cargo de uno mismo y procurar buscar la felicidad en nosotros.
    ·         Reconocer que nosotros mismos nos equivocamos frecuentemente, más allá de que mi pareja también lo haga.
    ·         No transformar el deseo en demanda. Es sano esperar que nuestra pareja conecte de la mejor manera posible con nosotros, la idea es no transformar esos deseos y  preferencias en demandas absolutistas. No pasar del: “deseo que el/ella  fuera de tal manera” a “debería ser de tal manera”.
    ·         Tener presente que una relación raramente puede progresar espontáneamente de una manera mágica si no se trabaja activamente para mantener el vínculo y el afecto con el que frecuentemente se comienza.
    ·         Considerar que muchas de las conductas de nuestra pareja que no nos gustan y que tendemos a personalizar son en verdad consecuencia natural de la forma en que probablemente fue educado por su familia y de acuerdo al género al que pertenece.


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